53

   Desde ya hace mucho tiempo, intento registrar situaciones que suponen ser naturales y transformarlas en lo recóndito de mi imaginación en historias apasionantes. Hoy, decidí pasar ese mundo desordenado y tumultuoso a una hoja. Sin embargo, debo aclarar, que este escrito posee más de realidad que imaginación, o al menos eso creo yo. 
      Me encontraba en la entrada de mi casa leyendo a Marechal. Mis planes de pasar mi último día antes de aventurarme a la Patagonia habían fracasado. Un clima agobiante azotaba la ciudad, dando la bienvenida a unas nubes al sonido de platillos y tambores. Por sorpresa, esta situación no me molestó en lo más mínimo. Sentía que, de alguna manera el destino me había situado en este lugar y momento para tal vez, disfrutar el encuentro mano libro rodeada por la naturaleza. El calor aplastaba,  mientras estiraba lentamente mis piernas traspasando una de las columnas color rosado que sostiene el pórtico de mi casa. Por mi mente, una brisa típica de los mediados primaverales rosaba mis mejillas y se detenía en mi mentón. Esto, de alguna manera,  lograba disminuir el incesante calor del 12 de enero del 2018. 
     Mientras  me adentraba cada un vez más, en los pequeños episodios que realizaba Adán entre penurias y oscuridad, mi mente mezclaba situaciones tanto dentro como fuera del libro. Leía y observaba al mismo tiempo al colectivo de la linea número 53, con su color rojo chillón, tanto por delante de las rejas de Alice 6259, como de número 303 de Monte Egmont. En un momento, donde todo se hizo uno  casi podía sentir como las páginas pasaban delante de mis ojos. Fue cuando conté cuatro colectivos linea 553 y dos 555. Estos últimos dos pasando en secuencia, como si un déjà vu hubiese tomado lugar en ese preciso instante. Entre los 53, Adán pasó reiteradas veces por la puerta. Vestía pantalones cortos, remera blanca y unas ojotas las cuales al caminar sonaban un tanto molestas.
      En nuestro primer encuentro lo vi cabizbajo y hasta podría decir que una pequeña lagrima caía con tristeza desde su mejilla izquierda. Caminaba despacio, como si en cada uno de sus pasos quisiera crear un pozo y meterse dentro de él. Al principio, este niño no llamo ni un poco mi atención. Era distante y buscaba pasar desapercibido, no iba yo a quitarle ese privilegio. Fue así como desapareció.
      La calle Alice continuó con su inhóspito sentido de circulación, pero ahora el cielo se encontraba un poco mas sombrío ya que las nubes comenzaban a oscurecerse. Fue entonces que continué con mi lectura. Las descripciones se complicaban y entorpecían el ritmo de cualquier pobre inculto que busca sumergirse en un océano caligráfico. En mi desorientación, los frenos del 53 volvieron a escucharse a lo lejos. A su vez, un ruido de chancletas gastadas entorpecía la secuencia de cambios que intentaba realizar el colectivero. Era Adán, pero en un ritmo sumamente acelerado, dirigiéndose en sentido contrario a la anterior ocasión. Sus capilares irrigaban de una manera continua y su respiración se entrecortaba. Lo que me resultaba extraño era que, Adán repitió esta secuencia de Joaquín V. Gonzales hasta calle Aguirre 3 veces, sin parar y con un esmero increíble. Transpiraba mucho, y se notaba como sus ojos se agrandaban y su boca se entreabría.
     Luego de esta situación, me resulto imposible el volver a sumergirme entre frases relacionadas con el sistema solar y una mañana en Egmont 303. Cerré mi libro y me puse a pensar porque este episodio había tomado lugar frente a mis ojos. Pensé en numerosas situaciones y explicaciones que eran completamente descabelladas. Entre las que mas sonaban en mi cabeza estaban, que Adán no sabía si ir a la playa o no debido al clima, prácticamente como yo en este preciso instante. Tal vez, su mente indecisa o una madre que quería que se encontrara fuera de su casa lo hacían correr el 53 de un lado al otro de la cuadra. También pensé, que Adán seguramente no sabía el recorrido actual del colectivo ya que la calle por la cual pasa las 24 horas del día de los 365 días del año, sin exceptuar fiestas, se encontraba en reparación. Supuse, que entre que este lograba descubrir si el rumbo del colectivo era acertado y no simplemente una desviación y cargaba su tarjeta en el kiosko Estrada, generaba el producto de una caminata intensa y sin sentido ni dirección.
     El 53 comenzaba a acercarse nuevamente, por lo cual dirigí mi mirada hacia la calle . Pero Adán no estaba allí. Me desconcerté un poco ya que necesitaba un buen final para este pequeño cuento que venía hoy a contarles y el hecho de que tal vez hubiese encontrado la parada era insulso para un  buen final. Fue en ese momento cuando 2 colectivos de la linea 55 pasaron simultáneamente uniendo los temores de Adán, tiempo y espacio, y encontrándome a mi frente a una escena que poco creí que ocurriría. Frente a mi, Adán de la mano de Eleonore. Un poco más baja que el, un pelo corto y enrulado y una tes blanca como hojas de papel. Iban sonrientes, aunque a él se lo notaba un poco incómodo ya que sus pómulos estaban más rojos que nunca.
     Me pare desde mi reposera y falsa simulación de un día en la playa y me asomé entre las plantas lentamente, de manera imperceptible. Caminaban lento, simulando una noche perdida de un cuento de París hasta llegar a la esquina donde el 55 se detenía en sintonía con la imagen romántica capturada. Cómo caballero, dio lugar a que subiera primero una persona que se encontraba desde hacía ya mucho tiempo mirando esta escena de esa tarde pintoresca. Luego ella, envuelta en colores vivos que contrastaban con sus ojos negros como la noche y por último él con una sonrisa de oreja a oreja.
      De a poco, el cielo comenzó a despejarse, aunque el calor siguió agobiando al punto que Silvestre decidió abandonar su lugar por debajo del roble, mientras el aire entraba por la ventana. El tiempo y espacio se separaron de nuevo y seguí el recorrido normal. Hoy estoy aquí 12 de enero. Quizás luego vaya  a la playa.

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