Diario de una reflexión II
Dibujo sobre una hoja color sepia, gastada en los bordes mientras mi mente divaga. Me encuentro colmada de pensamientos los cuales quieren desbordar intensamente por mi boca. Quieren escapar, tal vez decir todas las cosas que no digo en voz alta. Me asomo por la ventana que se encuentra frente a mi escritorio tratando de calmar esta excitación que me aterra. Admiro profundamente a la naturaleza que se encuentra frente a mis ojos, el cielo, las plantas, los insectos que caminan frente al pórtico.
Respeto a la naturaleza de manera solemne, me encuentro convencida de que muchos seres humanos han olvidado la hermosa simpleza de provenir de una gama genérica tan extraordinaria. Solemos olvidar de donde venimos y de la existencia de lo que se encuentra a nuestro alrededor. Nuestro mundo somos nosotros, por eso Dios existe. Somos sombras que han olvidado la valentía del sol para brillar entre las nubes día a día. El valor de la Sakura al despeinarse por el viento, la finura de las olas a la hora de desparramar su espuma a lo largo de las costas. Somos, los colibríes, que volamos de las mariposas que critican nuestros zumbidos y a la vez somos nosotros, los zánganos, los que ahuyentamos a más de un colibrí con nuestra soberbia.
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