Retrato de un espejo
Los cierres suelen ser momentos que tienden a deprimirnos. Todo aquello que escribimos en un comienzo y nunca concretamos. Aquellas falsas esperanzas que tanto deseamos que ocurrieran.
Los momentos suelen encerrarnos en anécdotas que nunca se repetirán, que continuarán circulando en nuestro imaginario y que en cuanto más intentemos relegarlos a nuestras posiciones, menos posibilidades tendremos de sortear ese nuevo obstáculo del recuerdo.
Son 357 los días que han pasado, 357 momentos en los cuales me he dado cuenta como ha cambiado todo. Ya los recuerdos han quedado cicatrizados en una herida blanquecina, señal de amor y buen tratamiento. Han pasado más de un millón de veces que he respirado, de aquellas, pocas he llorado y muchas reído. Creo que es una clara señal de que un año increíble ha pasado frente a mis ojos.
Como ya me dije en reiteradas ocasiones, los círculos se han llenado de agua, el vació no existe y la infinidad es asombrosa. Las posibilidades crecen, las distancias también, el amor persevera. Son miles los planteos que han pasado por mi cabeza, miles han sido las auto críticas. Creo que acaso eso es experiencia de un pasado.
Las miradas se juntan, aunque las lágrimas no caen, pero la inmensidad de la noche de los ojos ilumina, aunque sea muy oscura. Mi mirada hacia el amor se transforma cada vez más, no defino el sentimiento hacia esa antítesis constante, creo que hace mucho no lo siento. Supongo que me entristece aunque suelo mantenerme ocupada.
Las reflexiones acerca del rol de la figura derecha varían, la abertura esta de moda. No se si la comparto, tal vez el horóscopo tenga algo que ver. Cada día estoy más segura que el amor es sinónimo de construir y que impregna todos los ámbitos si uno es buen albañil.
Pienso en algunos momentos en aquellas personas que fueron parte de mi vida, dudo extrañarlas aunque perseveren. Es la curiosidad intrínseca de desearles un buen destino lo que me persigue aunque dudo que se refleje en un plano opuesto.
El calor ya no me sofoca, es digno de un camino de calenturas. Prefiero el monte al mar, el campo al agua. Los gustos cambian. Me apasiona el vino, la etnología y las tardes de guitarras y yerbas de calidad. Cada momento disfruto más del silencio, la locura de la parla de la ciudad se disipó, sorprende,
Hace mucho no hablaba conmigo misma, es señal del poco tiempo que me dedico. Mi piel es un desierto, mis obsesiones vuelven a aparecer en cuanto tengo la calidad de detenerme a ver mi reloj. Respiro la poca capacidad de la convivencia, la transparencia a flor de piel de mi madre y hoy logro entender en gran manera aquello que me molestaba tanto hace unos años. Todo pasa y la vida cura.
Busco desarrollar cariño sin miras de construcción futura, creo que es un avance. Aunque todavía falta mucho, muchísimo, aunque el tiempo no corre yo misma lo hago correr. Aunque el detenimiento me lleva a pensar en esas miradas y charlas cambiantes, resultantes de los años. Que vienen y van, que se detienen y que arrugan.
Siento ajenas algunas conversaciones, algunos lugares, algunas melancolías. Debería ir a buscar esos sentimientos que deje guardados en alguna parte, tal vez recupere la capacidad de emocionarme como lo hacía antes.
Busco una hamaca paraguaya para aquel que quiera venderme una. Y llevo un cajón de emociones, en lo profundo de un año y un alma que se llama corazón de punta.
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