El tren
Hace años me encuentro sentada en la misma banca de la estación. A medida que el tiempo pasa veo frente a mis ojos como los trenes van cargados de pasajeros. Hay máquinas de todas las formas y colores, pero siempre hay uno que destaca, el número 7. Es grande y tumultuoso, siempre lleno de gente, ya que lleva a todos los puertos y para en todas las ciudades. Desde las pequeñas ventanillas de número 7 se pueden ver las caras de todos los pasajeros. Algunos ríen, otros lloran, pero que importa, si ellos ya están arriba, viajando.
Mientras tanto mi vida se encuentra en este interminable círculo vicioso donde a cada momento que entro en la fila para subir a ese tren hay algo frente a mi que me detiene. Tal vez, es la exaltación de todos aquellos tanto delante como atrás mio que buscan entrar desesperados y lo único que logran es que los ayude, quedándome, desde la misma banca, mirándolos. Quizás, son aquellos que lloran todo el tiempo en la misma casilla, esperando a que mágicamente alguien los suba. He pensado también, que tal vez también son aquellos locos que ayudan a los desesperados a subir al tren. Estos son los peores, ya que son capaces de tumbar a cualquiera que se encuentre frente a ellos, tirándolos en las vías, festejando victorias que solo los llenaran por un poco.
Mi mente me hace pensar desde hace siglos que debo estar feliz por aquellos pasajeros que suben al tren, mientras me observo desde abajo. Mientras tanto mis lagrimas caen, mi panza ruge y mis sueños se alejan como castillos de cristal y se alejan, por aquellos andenes que algún día espero recorrer. Mi valija tiene ya mucho polvo entre las herraduras que deberían abrirla. Puedo admitir, que ya ni recuerdo aquello que tengo o siento ahí adentro, solo se que es un objeto que decora el banco, en el cual me encuentro sentada y ese objeto ya es imposible de abrir, porque tanto el polvo como yo hemos hecho el esfuerzo de taparlo.
Es así como las noches pasan frente a mis ojos y a mi banco de madera. Pasan y sigo preguntándome qué es lo que realmente me detiene a pararme y avanzar sabiendo que los trenes solo pasan una vez. Sin embargo, creo que hoy es el día en el que algo de mi ha cambiado y me ha hecho darme cuenta que no todo es tan cerrado como siempre pienso. Hoy mi vacío decidió llenarse y mi miedo se hizo a un lado, me levantó y tiró hacia adelante. Me levante y deje atrás a ese viejo banco de madera rugosa que ya se encontraba lleno de pequeños hongos decorándolo de una manera muy horrible. Decidí no seguir mas esa triste linea escrupulosa llamada silencio. Muchos pasajeros se enojaron cuando me vieron al lado de ellos esperando a que fuera mi turno para subir, con mi boleto en mano y una mueca sonriente de la que nunca me olvidaré. Muchos otros, aseguraron y juraron por sus almas que no se sentarían nunca al lado mío ya que había abandonado mi lugar para ellos, su comodidad.
¿Próximo destino? Quien sabe donde. Solo se que la ruta es completamente distinta, porque me encuentro sobre ese andén y se llama crecer y a quién carajo le importa si ya estoy arriba con las llaves de mi valija.
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