Cierre

Hoy, cuando baje las escaleras y estaba a punto de atravesar esa puerta tan conocida no pude resistir  quedarme unos minutos mirándola. Rápidamente mi mente me transportó al curso de ingreso, a la comisión 2, a mis martes por la tarde en clases de ciencias sociales dictadas por Juan Carlos Gasques y Matias Wibaux. Luego, llegué a un sábado por la mañana, la misma aula, pero con materias distintas, con portadas azules de matemática y amarillo de lengua en vez de verdes. Por último, sábado, mi primer examen de matemática, primer aula, arriba. Aún recuerdo la excesiva formalidad que intentaban mantener los profesores. Era un examen de varias hojas ya que abarcaba todos los temas que habíamos visto en el cuatrimestre. Venían en sobres color madera y eran guardados nuevamente en otros sobres color madera. No podíamos hablar, ni escribir con lápiz, era momento de crecer. 

Los exámenes del curso pasaron y mucha gente comenzó a abandonar las comisiones, personas frustradas, tristes, sin confianza ni con ganas de avanzar. Quedamos unos pocos dentro de la comisión número 2 para dar nuestro examen final. Si me preguntan, recuerdo claramente la cara de decepción de algunos y a su vez la cara de alegría de otros. Puedo hablarles de Mora, una niña petiza y robusta que era muy graciosa aunque prestaba poca atención. Tengo marcado en mi mente su cara cuando recibió su examen de ciencias sociales y había sacado un 12 de puntaje. También recuerdo a Juanse, un niño pequeño, muy rubio que siempre se mantenía callado en el último banco de la esquina derecha del curso, llevaba consigo el uniforme del colegio musical IDRA. Puedo hablarles de mi, María, una niña pequeña que sabía que debía comenzar y  terminar su secundario en el Illia. Una niña que cuando vio su nombre en el listado colgado en la puerta del colegio en el cual figuraba que había entrado número 26 sabía que había tomado la decisión correcta.

La puerta volvió a abrirse en mi primer día de clases llena de miedos los cuales se reflejaban firmemente en mi estómago, pero que calmaron cuando enrollé mis dedos en un pedazo de lana y dije "Me llamo María y vine al Illia porque me dijeron que era un muy buen colegio". Conocí a mis primeros amigos. Entre las más importantes Caro, usaba calzas estampadas y zapatillas nike blancas. A mi me gustaba mucho su morral con banderas de Estados Unidos, me parecía copado. También Lucho, un chico gordito de dientes pequeños y grandes ojos azules, se caracterizaba por hablar mucho y es el día de hoy que lo sigue haciendo.

Con el tiempo mis amigos aumentaron, hasta logré conocer gente de distintos cursos lo cual para mí parecía algo imposible. Tuve mi primer tallarinada, recuerdo que usaba una remera rayada y me saqué una foto con mi amiga Delfina la cual años después se fue del colegio.

Entre idas y vueltas, desafíos y materias nuevas aparecieron tanto alegrías como decepciones, conocí mis limites al acercarme claramente a las primeras materias exactas, entre ellas físico química con mi primer desaprobado y a su vez mi amor por las letras con profesoras un tanto particulares. Aprendí lo que era tener muchas horas libres y desperdiciarlas con largas charlas de nuestro preceptor Miguel. Sobreviví a lo lo que era pasar una jornada completa dentro del colegio.

Paso el tiempo y comenzó segundo con nuevos cambios y el desafío  de elegir un taller por cuatrimestre, llegó el taller de guitarra de la mano de Melina el cual era un tanto tedioso aunque conocí a personas de otros años. También me introdujeron dentro de un corset el cual hizo que me ganara diferentes apodos como chica robot, robocop o simplemente dura. Lloré mas de una vez con esos nombres ya que me los tomaba un tanto personal. Llegaron los brackets y el comer todos los días media zapatilla de pollo en el buffet, vendida por Vivi y en algunas ocasiones Lau (lo cual mi amiga caro al día de hoy todavía no puede entender). Conocí a Marina, mi profesora particular de materias exactas la cual me salvo en más de una ocasión.

Luego de unos meses me enamoré perdidamente de un chico más grande el cual nunca se dio cuenta o aparentó nunca haberlo hecho por lo cual quedó en la categoría de platónico y es el día de hoy que sigue ahí. Comenzaron las numerosas y repetitivas fiestas de 15 y a su vez mi primer beso. Empezaron los mejores viajes que siempre recordaré a La Brava, Tandil y Neuquén. Arte Jóven comenzó a tener peso a lo largo de los años y empezamos a animarnos a exponer trabajos que nos llevaban tiempo y dedicación, llegamos hasta a tener ganas de mostrarle a los demás nuestras cualidades. Cerigrafiamos, hicimos cabezas y cacharros de cerámica y hasta pasamos a pintar bastidores. Nos hicimos amigos de nuestros acompañantes y casi que se podría decir que los incluimos a nuestros círculos más cercanos. Conocimos otros mundos como el Taller de Naciones Unidas mientras que otros se sumergieron entre números, olimpíadas o tal vez intercolegiales Elegimos orientaciones y rompimos corazones pero siempre buscamos ser felices a pesar de cualquier recaída. Pasamos de asaltos, a fiestas de 15, a las jodas en casas y de ahí al alcohol y al descontrol de salir con tus amigos un sábado por la noche. Llegamos de la cresta de la ola a la espuma y viceversa. Caímos y subimos. Pero siempre tuvimos las impresiones de cada uno de esos momentos.


Creo que el secundario es el comienzo de las impresiones, diría Hume. Creo que de eso se trata en muchas ocasiones crecer, de vivir de nuestras impresiones, aprender de ellas, enojarnos con ellas pero siempre guardarlas. Cada día que pasa me sorprendo un poco más de como ha corrido el tiempo, como de pasarnos un ovillo de lana y hacer una gran red pasamos a un diploma en mano. Cómo de amistades que creíamos que serían para  siempre pasamos a ser tan distintos, como de los amores que creíamos que iban a durar toda la vida pasamos a estar solos o a encontrarnos con nuevas personas. Cómo de esa persona que juzgamos en reiteradas ocasiones logró dejarnos completamente callados. Cómo lloramos y como amamos.Cruzamos a muchas personas a lo largo de estos años, algunas están hoy al lado de nuestro mientras otras no, pero de todas nos acordamos ya que se atravesaron en nuestro camino por algo que tal vez todavía no podemos definir con exactitud.

Aprendimos de profesores muy distintos, con maneras diversas de ver la vida. Que en sus clases reflejan claramente su espacio, tiempos y maneras de ser feliz. Que nos han hecho salir del aula preguntándonos extraordinarias cuestiones que van por fuera de los parámetros convencionales llenándonos de curiosidad el alma con miles de que hubiese pasado si... Agradezco a cada uno de esos profesores que realmente han hecho que me estudie a mi misma y hasta me han mostrado lo que es un límite. Gracias también a aquellos, que nos han hecho pasar tiempo preguntándonos cuestiones que podrían parecer básicas pero que mueven algo dentro de nosotros como ¿Que es el amor?  o tal vez nombre 3 virtudes y un defecto de usted o aun peor ¿Usted cree que es feliz? ¿Que es la felicidad en si? ¿Uno puede lograr ser completamente feliz? O simplemente el haber dicho alguna vez “Es muy temprano para juzgar a alguien cuando ni siquiera nos hemos conocido a nosotros mismos”. Aprendemos a aprendernos, aprender a abrir las puertas al mundo sin ningún tipo de pretexto. Es abrirse a personas y a buscar sueños qué tal vez deberían parecernos imposibles.

Y hoy estoy aquí parada mirando a la puerta una vez más la cual he atravesado estos seis años millones de veces. Esta puerta la cual ha visto cada una de mis caras y expresiones tanto a la tarde noche y hasta a las 3 de la mañana. Es esta puerta blanca con vidrios que veo frente a mis ojos la cual hoy me costo atravesar ya que vi afuera y era un horizonte completamente distinto el cual no tenía ya vuelta atrás. Vi por última vez ese hall de entrada y mis ojos se llenaron de lágrimas, un nudo en la garganta me dejo enmudecida y mis piernas comenzaron a temblar. No había nadie en ese momento mirándome solo la tarde, la cual iba oscureciendo. Tomé mi mochila con fuerza, la puse en mi hombro derecho y comencé a aproximarme hacia afuera, atravesé la puerta y baje lentamente por aquellos lapices de colores que pinte con tanto esmero años anteriores. Miré atrás, sonreí y seguí adelante y hoy estoy aquí escribiendo estas palabras. Es momento de crecer.



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